Tilo, roble y peral bajo el filo
Casi todo lo que se decide en una talla ornamental está decidido ya cuando se elige la tabla. Las tres maderas que aparecen una y otra vez en este tipo de trabajo responden de manera muy distinta al mismo movimiento de la mano, y conviene conocerlas antes de dibujar nada.
El tilo es blando, de fibra corta y muy uniforme, casi sin diferencia entre madera temprana y tardía. Permite cortar en cualquier dirección con poca resistencia y aguanta detalles pequeños sin desmoronarse, aunque paga esa docilidad con una superficie que se marca con facilidad y con un dibujo de veta que apenas aporta nada visualmente. Es la madera con la que se aprende y también con la que se resuelven ornamentos densos de mucha talla menuda.
El roble tiene poros grandes en anillo y radios leñosos muy visibles. Cada anillo alterna una zona blanda con una zona dura, de modo que el filo avanza a saltos si no está bien afilado y la herramienta tiende a desviarse hacia la parte tierna. A cambio, el roble sostiene aristas vivas durante décadas y el propio dibujo de la veta entra a formar parte del ornamento. Pide gubias muy afiladas, cortes más cortos y una idea clara de hacia dónde va la fibra en cada tramo.
El peral se sitúa en un punto intermedio y es probablemente la madera más agradecida para el relieve fino: fibra muy densa y homogénea, poros diminutos, color cálido y uniforme. Corta con una resistencia constante en todas las direcciones, lo que permite hacer curvas cerradas sin miedo a que la fibra decida por su cuenta. Es más dura que el tilo, así que exige filos impecables y algo más de fuerza, pero devuelve superficies que casi no necesitan lijado.